Los otros también fueron valientes

Kortrijk, Flandes Occidental, Bélgica

Hace cuatro años me acostumbré a viajar con resaca. Bueno, matizaré y diré que me acostumbré a hacerlo cansado y sin dormir, pues, aunque la cerveza belga es de lo mejor del país, soy aficionado a ella en su justa medida. En realidad, entonces no tenía muchas más opciones. Estaba de Erasmus y si quería sacarle todo el partido a la experiencia, no me quedaba otra.

No obstante, la propia emoción por viajar (normalmente a un sitio cercano) y el ver que los compañeros y amigos estaban por lo general peor, y aún con una cerveza en la mano, solía ser aliciente bastante para espabilarme por el viaje, del cual con prudente anticipación ya había buscado alguna información vinculada a la historia de España: una calle, un cuadro, un edificio… cualquier cosa me servía para investigar y explorar las ciudades a donde iba. No siempre, he de admitirlo, con el beneplácito de mis acompañantes; a veces, el incentivo, incluso, no era suficiente y, o bien, el viaje se cancelaba, o bien mandaba a hacer puñetas a los más resacosos y me iba yo solo a algún rincón de Flandes. Esas historias están en los posts más antiguos del blog y ahí pueden leerse.

Cuatro años después (o dos, pues ya tuve una breve estancia de 7 meses en Bruselas), vuelvo a encontrarme en Flandes. En el Flandes moderno, pues quien haya leído el blog ya sabe la diferencia entre el Flandes actual y los antiguos Países Bajos españoles, el Flandes de antaño.

Volviendo a lo de la resaca, hoy, cuatro años después, vuelvo (o sigo) teniéndola. Aunque tengo excusa y la ocasión lo merecía, o incluso, lo exigía… Y bueno, una vez más, no soy el que peor está y no todos los que se comprometieron a hacer el viaje de hoy consiguen adaptarse al plan. Finalmente, un amigo belga y yo somos los que decidimos emprender el viaje.

Habría que especificar que tal vez influyó en el reclutamiento de viajeros el hecho de que el destino no era el más conocido ni a priori atractivo de Bélgica.

Ese destino no es otro que Kortrijk (en neerlandés), Cortrai (en francés) o Cortrique (en castellano).

Como decía, no es muy conocido y no es un destino turístico habitual, por lo que creo conveniente en primer lugar ubicarlo en el mapa. Cortrique forma parte de los tradicionales packs de tours turísticos que visitan Bruselas, Amberes, Brujas o Gante. Esto explica en parte el desconocimiento sobre la misma. Situada en la provincia de Flandes Occidental, Cortrique cuenta con unos 76000 habitantes y forma junto a Tournai y Lille (Francia) una pequeña metrópolis.

Tenía pendiente visitarla hace tiempo y ya había recopilado algo de información sobre ella. Y es que, aquí, también estuvo España.

Hoy hay huelga en Bélgica (sí, otra vez) y las combinaciones son más escasas que habitualmente. Nuestro tren llega alrededor del mediodía. Lo primero que buscamos es un sitio en el que poder comer algo para afrontar el resto de la jornada. Las opciones son escasas y, finalmente, nos decidimos por un característico establecimiento de comida greco- turca de los que abundan cerca de las estaciones u otros nudos de comunicación.

Una ventaja es que la estación de ferrocarril está bastante cerca del centro. Basta con salir por la entrada principal de la estación y continuar recto por la Stationstraat. Girando al final a la derecha, se encara la calle Waterpoort, la cual desemboca directamente en la Grotte Markt tan habitual en las ciudades belgas.

Es casi Navidad, y la plaza se encuentra prácticamente en su totalidad ocupada por un mercadillo no muy navideño, la verdad, pero cuya instalación supongo responde al carácter festivo de estas fechas. Al pensar en esto, recuerdo que fue precisamente en diciembre, pero de 1585 cuando aconteció el conocido como “Milagro de Empel” y me comprometo conmigo mismo a ir, antes o después, a visitar esa ciudad, hoy holandesa.

Volviendo a la plaza. En ella se encuentra el Belfort (torre campanario) de la ciudad. Desconozco si se puede visitar, pues su base se encontraba en obras, pero debe de valer la pena ya que ha sido declarada por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, incluido, eso sí, en el “Conjunto de Campanarios de Bélgica y Francia”.  No obstante, cuando poco después acudimos a la oficina de turismo no nos hacen ninguna mención al mismo, o eso creo, porque el encargado sólo nos atendió en holandés y no se si mi amigo belga pudo haber omitido esa parte. Precisamente, decidimos ir en primer lugar a la Oficina de Turismo, ya volveríamos más tarde a la plaza, la cual por otro lado tiene poco más digno de mención, a excepción de un histórico ayuntamiento gótico del siglo XVI, que no llego a visitar, pero cuyo interior tiene pinta de valer la pena.

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Belfort de Cortrique

De camino atravesamos también el beguinario (o beguinage). Los beguinarios son muy habituales en las ciudades flamencas. Para quien no los conozca, suelen ser pequeños barrios, a veces incluso amurallados y en su día algo aislados de las ciudades. En su momento, fueron habitados por comunidades de mujeres, que pese a no ser religiosas o formar parte de alguna orden, vivían de manera autónoma y siguiendo estrictas reglas. Abundaron, por ejemplo, en momentos en que gran parte de los varones europeos abandonaban las ciudades para ir a las cruzadas a Jerusalén.

Éste está formado por pequeñas casitas blancas y calles angostas, incluye también una torre de artillería cercana, que fue parte de una fortaleza mayor en la edad media. El beguinario de Cortrique es, desde 1998, Patrimonio Mundial de la Unesco, como parte del Conjunto de Beguinarios flamencos.

Continuamos caminando y llegamos a una gran iglesia, que parece ser de las mayores de la ciudad. Al pasar por delante, leo “Onza- Lieve- Vrouwekerk”, no sé mucho flamenco, pero sé que eso quiere decir “Iglesia de Nuestra Señora” (a secas) y recuerdo que es ahí donde leí que podía encontrar restos de la historia o al menos del paso de España por esta ciudad.

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                                                            Iglesia de Nuestra Señora

La iglesia fue construida en estilo gótico, aunque ya solo quedan algunos detalles de entonces, como la nave o el crucero. En 1382, después de la batalla de “Westrozebeke”, fue destruida y reconstruida posteriormente. Más tarde, sería decorada con elementos barrocos. Es un templo bastante grande y casi se asemeja más a una catedral. En mi opinión, tres elementos son los más destacables. En primer lugar, un gran cuadro de Anthony van Dyck, discípulo y asistente de Rubens, titulado “La erección de la cruz”, en la que se puede ver a Jesús, justo en el momento en el que, tras ser clavado en la cruz, ésta va a ser erigida sobre el Monte Calvario.

La segunda está también vinculada con la historia flamenca. En 1302 tuvo lugar la conocida como batalla de “las espuelas doradas”. Las tropas flamencas vencieron al ejército francés, cuyos caballeros, en su huida, perdieron las espuelas doradas que portaban para la ocasión, pues daban la victoria por segura.

Esas quinientas espuelas doradas fueron expuestas en el coro de la iglesia. Sin embargo, ochenta años más tarde, los franceses, que aún recordaban el episodio, volvieron a recuperarlas. En la actualidad, lo que puede contemplarse son réplicas de las mismas. Más adelante, volveremos a hablar de esta batalla.

Por último, al fondo a la derecha se encuentra una capilla a la que se accede por una pequeña puerta; es la llamada “Capilla de los condes”, que mandó construir Luis II de Flandes a modo de Mausoleo personal. Es en esta capilla donde se encuentra un trozo de la historia de España. La capilla está decorada con vidrieras y retratos de los condes de Flandes, así como de sus gobernantes durante el período español y austriaco. Entre ellos, en la pared del fondo del extremo derecho se encuentran los retratos (de cuerpo entero) de Carlos V y Felipe el Hermoso, y a su izquierda los de Felipe II y su hija Isabel Clara Eugenia con el archiduque Alberto. Junto a estos, Felipe IV y Carlos II. Las pinturas tienen la peculiaridad de que son contemporáneas del reinado de cada gobernante.

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                                                                Capilla de los Condes

Con diversas ocupaciones francesas de por medio, la presencia española en la ciudad se extiende más o menos hasta 1683, cuando la ciudad capituló ante Luis XIV de Francia, unas décadas antes de que España se retirase definitivamente del actual territorio de Bélgica.

La época de Carlos V fue por lo general tranquila, exceptuando algunas revueltas en 1540 y la desestabilización que siguió a la reforma religiosa, la cual tuvo un rechazo casi unánime por parte de la población local. Sin embargo, el enfrentamiento en 1577 entre los Estados Generales y don Juan de Austria provocó desde 1578 infiltraciones ultracalvinistas en Cortrique. Ante este panorama, Alejandro Farnesio decide actuar y en 1579 Montigny entra en la ciudad con las tropas imperiales y la saquea durante un día y medio. La situación acaba por estabilizarse parcialmente cuando el 21 de mayo de 1581 las autoridades de la ciudad se adhieren al tratado de Arras, con el que reconocen el poder del Rey.

Después de visitar la iglesia de Nuestra Señora, continuamos hacia la oficina de turismo, la cual está situada en un moderno y gran edificio al que se accede tras un pequeño jardín.

Como adelanté antes, el encargado, un funcionario ocioso que probablemente no recibía a mucha gente, nos explica la ciudad en perfecto holandés, por lo que intervengo poco. No obstante, tiene la deferencia de darme algún folleto en francés antes de continuar su explicación.

Callejeando por la ciudad, decidimos acercarnos a un moderno barrio al que llaman “Buda”, tal vez porque es una especie de isla rodeada de canales. Es una zona moderna en la que todo se llama Buda “algo”: Buda puente, buda centro, buda gimnasio, etc. Consideramos que el de la oficina nos la ha colado para revalorizar una zona que probablemente se ha remodelado hace poco, así que en lugar de cruzar un moderno puente que lleva hasta el corazón de este barrio, decidimos volver hacia el centro.

Por el camino, entramos en el hospital de Nuestra Señora, cuyas monumentales puertas datan de 1658, pero la parte visitable se encuentra cerrada y seguimos nuestro camino. Al cruzar un puente sobre uno de los canales del río Lys, a la izquierda observamos las dos masas cilíndricas de las torres Broel, construidas en 1385 para regular el tráfico de los barcos. Hoy en día son una de las imágenes más características de la ciudad.

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                                                                            Torres Broel

La realidad es que no estábamos volviendo hacia el centro si no hacia la parte exterior de la ciudad, donde se desarrolla durante esta semana un importante evento en Flandes y uno de los motivos de la visita a Cortrique. Se trata del Stu Bru. Al parecer es un evento al aire libre organizado por una importante cadena de radio musical flamenca y que atrae a numerosos visitantes de todas las edades, que acuden a escuchar conciertos y programas en directo. Tras atravesar media ciudad (por suerte no es muy grande) llegamos a un descampado con escenarios y puestos de comida. Al lugar se dirigen ríos de personas, en especial niños que acuden con sus profesores como parte de una actividad escolar. En esos momentos no hay ningún grupo actuando, pero unos conocidos presentadores emiten en directo un programa junto a algunos niños a los que han invitado a subir al escenario y a los que no tengo ni idea de lo que les están preguntando. Debo ser de los pocos extranjeros que se encuentran en el lugar, rodeado de centenares de flamencos. Pienso que no debo de haber sido el primer español en tal situación, especialmente si pensamos en la época histórica sobre la que escribo. No debía ser fácil en aquel entonces estar destacado en Cortrique y menos aún, las condiciones de vida. Prueba de ello es el motín (uno más) que acaeció en 1590, en el que los españoles del Tercio de Antonio Zúñiga reclamaron sus pagas y el propio conde de Mansfet , que tuvo que acudir, “intentando foffegarlos con fu prefenfia, pufo en peligro la vida”, según narra una carta de la época a don Gaspar de Guzmán (Conde-Duque de Olivares).

El caso es que al poco tiempo volvemos al centro por unas calles distintas a las primeras que seguimos, pero que intuimos nos llevan a nuestro punto de partida.

Por la Rijselsestraat, nuevamente  desembocamos enfrente del ayuntamiento, que no considero oportuno visitar. Más adelante, leyendo sobre Cortrique, me doy cuenta de que fue un “error”.  El ayuntamiento fue construido en 1520 y contiene dos chimeneas de la época del Emperador Carlos. Dejaré su visita para la próxima vez que vuelva a esta ciudad.

Desde la Gran Plaza, nos dirigimos hacia la Iglesia de Saint Michel, que en época española fue una iglesia jesuita edificada en 1607. Pero no podemos visitarla, ya que en su interior numerosos jubilados acuden a un concierto que parece ser de una conocida (en su día) artista local. Rectificamos el rumbo para dirigirnos hacia el beguinario y merendamos en una de sus casi cuarenta pequeñas casitas blancas encaladas, convertida hoy en restaurante. Desde allí, enfilamos hacia el monumento del que deriva el nombre de este artículo, el monumento Groeninge, a algo menos de diez minutos desde el beguinario, situado en un parque del mismo nombre. Este monumento no tiene nada que ver con la etapa hispana, pues data de mucho antes, cuando Flandes empezaba a construir su identidad. Ya entonces eran constantes las visitas de los franceses, que buscaban expandirse hacia el norte, y que continuaron durante la época española.

Después del motín de 1590, la plaza fue tomada por los franceses en 1646 y retomada por las armas imperiales en 1648, cuando según las crónicas, la plaza “fue con audacia tomada [por los españoles] a punta de espada”.

Sin embargo, en esta época los efectivos españoles solían ser limitados, y a menudo no había soldados suficientes para destinar a las guarniciones. Estas carencias propiciaron que en 1667 los franceses volvieran a conquistar la ciudad. Con todo, el fin de la presencia española se prolongaría algo más, ya que fue reconquistada en 1683 durante la conocida como “Guerra de las Cámaras de Reunión”, aunque, en noviembre de ese mismo año, la ciudad capituló ante el ejército de Luis XIV de Francia, dando por finalizado algo más de un siglo de presencia hispánica.

Como digo, los franceses ya merodeaban por aquí desde mucho antes. En este punto, tenemos que retrotraernos a la historia de las “espuelas doradas”, que adelanté al narrar la visita a la iglesia de Nuestra Señora.

El 11 de julio de 1302 aconteció cerca de Kortrijk la batalla entre milicianos flamencos y el rey Felipe IV de Francia. La victoria de los sublevados flamencos fue completa. Se cuenta que la caballería francesa quedó atrapada en el barro, donde fue masacrada.  Pese a que los flamencos volvieron a sucumbir años más tarde ante Francia, la historia de “las espuelas doradas” es un acontecimiento que, aún hoy, es referido por los nacionalistas flamencos para reclamar la identidad propia de su “nación”, aunque el conjunto de los belgas también lo reivindica como una gran batalla en su historia.

Llegamos al punto donde se desarrolló el combate y donde se encuentra el monumento, erigido en el 600º aniversario de tan memorables hechos. Consiste en una estatua dorada de la Virgen de Flandes, acompañada por un león que aplasta a un caballo de la caballería francesa. La entrada al parque que alberga el monumento está presidida por un arco triunfal flanqueado con banderas amarillas, con un león negro, la insignia de Flandes.

Es cierto que la batalla de “las espuelas doradas” ocurrió mucho antes de la época española, pero da una idea de lo que encontraron aquí las tropas de los tercios. Se puede ensalzar la valentía de nuestros tercios, sus hazañas militares o la heroicidad y cualidades estratégicas de sus generales y maestres de campo, pero la realidad es que España (o los Austrias) perdieron esa guerra contra flamencos y holandeses (sin olvidarnos, claro, de franceses, ingleses y protestantes alemanes). Los tercios tuvieron enfrente a enemigos que, con independencia de luchar por una paga, una religión o un imperio, lo hacían por sus pueblos y sus ciudades. Y pese a los intereses subyacentes de cada uno, incluyendo nobles locales, es de suponer que muchos realmente lucharían por lo que ellos consideraban su libertad. En cualquier caso, los flamencos se defendieron y a menudo vencieron a las tropas de los tercios españoles; dejamos a otros la historia de lo que aconteció a los franceses.

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                                                             Monumento Groeninge

No debía ser fácil para el pueblo resignarse a ver cómo una tropa de italianos y tudescos (católicos alemanes) dirigidos por españoles saqueaba su ciudad, quemaba y robaba (a menudo para compensar la falta de pagas) sin que aflorara el resentimiento. Aún así, los tercios tenían normas y reglas que no se podían quebrar durante esos saqueos.

La realidad es que la profesionalidad de los tercios tuvo que enfrentarse a un enemigo que debió de ser valiente (apoyado eso sí por las potencias extranjeras de siempre…). Había que serlo para enfrentarse a un Tercio español. Los flamencos supieron plantar cara y aguantar resiliente y pacientemente hasta el desgaste definitivo de la Monarquía hispánica. Primero se produjo la independencia de los Países Bajos del norte, y años más tarde, España también abandonaría Flandes y Kortrijk, donde, aunque escasas, aún se pueden hallar las huellas de su presencia.

En el siglo XXI, ya no hay motines militares en Europa, pero sí una huelga del personal de ferrocarriles: sin más demora, es el momento de volver a casa.

Granada, diciembre de 2019

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