En Flandes se ha puesto el sol

Diksmuide, Flandes Occidental, Bélgica

«Nos regía/un capitán que venía/mal herido, en el afán/de su primera agonía./¡Señores, qué capitán/el capitán de aquel día!» En Flandes se ha puesto el sol, Eduardo Marquina.

Fue uno de los últimos viajes antes de la pandemia. Como casi todo el invierno, el dia era gris y ventoso.

Viento y lluvia fueron los elementos que me recibieron en Diksmuide el pasado invierno. Yo aún vivía en Brujas. Era el típico domingo de no hacer nada. Nadie queria hacer nada. Asi que, ¿por que no ir a un pueblecito en mitad de Flandes con cero grados, lloviendo y con viento?

De la lista de sitios que tengo previsto visitar, Diksmuide era el único a una distancia asequible. Mi idea inicial era ir también a Furnes. Sin embargo, hay obras en la vía de tren y solo salen tres autobuses al día desde Diksmuide a Furnes. La perspectiva de quedarme atrapado come en Empel me hace reconsiderarlo y viajo tan solo a Diksmuide.

Hay una única cosa para la que siempre uso la Wikipedia, y es para ver la población de una localidad. Según esta web, en 2019 Diksmuide tenía 16,739 habitantes. Se trata de un pueblo de Flandes Occidental, muy cercano al mar del Norte.

Precisamente su cercanía al mar y su posición de paso entre las rutas de Francia a Países Bajos, le otorgaron antaño un importante valor estratégico, que se reflejó también durante las Guerras Mundiales del siglo XX.

Llego a media mañana a la ciudad, o mejor dicho, al pueblo.

Viajar por Flandes es realmente cómodo. El terreno llano permite una buena conexion entre ciudades por ferrocarril, y practicamente cada pequena poblacion tiene un apeadero muy cerca del centro. Es tambien el caso de Diksmuide. Tras un par de giros diviso la Gran Plaza (Grote Markt) al fondo de la calle.

Al llegar a ella, el panorama es grandioso. La sensacion de amplitud ayuda a que la imagen de la plaza se me quede grabada. Al ser un ventoso domingo de otono la plaza se encuentra prácticamente vacia, no hay nadie. A lo lejos se vislumbra el otro extremo de la misma. Si tuviera varios años menos y estuviera con mi hermano, probablemente habríamos echado un carrera, pero nos habríamos cansado a mitad de camino. Tal vez, nos hubiéramos detenido en mitad de la plaza a contemplar la estatua del General Jacques «de Diksmuide».

Diksmuide tuvo una importancia capital durante la primera guerra mundial. En el marco de la batalla de Yser (en la que los belags inundaron el territorio al desbordar el rio Yser), las sucesivas ofensivas alemanas intentaron tomar la ciudad, defendida por Alphonse Jacques, que luego sería conocido como «Jacques de Diksmuide». No me explayaré mucho en la vida de este personaje, pero, sin duda, es interesante profundizar en ella. Además de su papel en la Primera Guerra Mundial, destacó en el Congo belga, donde llevó a cabo diversas aventuras anti-esclavistas.

Diksmuide quedó reducida a escombros durante la primera guerra mundial, y su Iglesia de san Nicolas se derrumbó por completo. Sin embargo, nadie lo diría viendo la actual reproducción siguiendo el modelo gótico de los siglos XIV y XV.

Siempre suelo entrar en las iglesias, porque son sitios donde a veces la huella española no ha sido borrada. En concreto, los nombre de algunas tumbas con apellido español me han dado en más de una ocasión pistas para descubrir historias muy interesantes.

Sin embargo, tras la reconstrucción de la iglesia, no queda ni rastro de nombres anteriores al siglo XX. Un grupo de feligreses estan realizando una especie de reunión en el interior. Al verme me saludan y me explican la historia de la iglesia. Un hombre me muestra también las fotografías tomadas despues de la primera guerra mundial. La iglesia habia quedado reducida a un simple montículo de piedras y arena. Hoy vuelve a ser un lugar de culto, y el único rastro de la guerra son las fotografías, y algunas piedras para no olvidar lo ocurrido.

La iglesia estaba abierta, no así el ayuntamiento ni la oficina de turismo. Si no atienden a los turistas durante el fin de semana, ¿cuándo van a hacerlo? ¿los martes?

Algo decepcionado por no poder conseguir un mapa, me dispongo a ir en busca del edificio que ha motivado mi visita a Diksmuide: El Pabellon de los Capitanes Españoles.

El motivo por el que este edificio se encuentra en Diksmuide es llamativo. Fue la propia poblacion quien lo aceptó. En la mayoría de ocasiones, las ciudades pagaban para evitar que las tropas se asentasen dentro de sus límites. Los soldados solían alterar la vida natural de los pueblos, y además se acompañaban de sus familias, por lo que la convivencia entre los locales y los soldados a menudo no era fácil. Sin embargo, a veces las ciudades decidían no pagar y aceptaban cobijar a los soldados, a pesar de que no existiese un peligro inminente de ataque.

Decido buscar el edificio por mi cuenta, sin consultar mapa, Más o menos se en que dirección se encuentra, y así puedo recorrer algo el pueblo entre medias. Sin embargo, acabo dando vueltas en círculos y decido entrar a preguntar en una pequeña panadería. He de decir que hasta hoy es la única vez en que he encontrado flamencos que no hablen ni inglés ni francés. Nos entendemos en holandés, y me indica la dirección correcta. Este último párrafo no es una queja, simplemente me llamó la atención.

Voy bordeando el rio o canal que atraviesa el pueblo, no consigo averiguar si es el Yser u otro. Voy por un sendero, dejando a mi lado izquierdo la corriente de agua, y al derecho paredes de piedra cubiertas de musgo.

Me alegro de haber seguido este camino, en vez de haber ido por la carretera de arriba. Gracias a ello mi primera vision de El Pabellón de los Oficiales desde abajo se produce tras pasar bajo un puente de piedra. En un recodo, irguiéndose sobre las rocas que se levantan en un meandro del rio, aparece el edificio, como una continuación de las piedras sobre las que se erige.

Esta es una vision muy diferente a las típicas fotos que aparecen hechas delante de la fachada principal y me permite observar el edificio en todo su esplendor. Las dos filas de grandes ventanales confluyen en un alto torreón octogonal. Al observarlo desde abajo me parece mucho más alto de lo que en realidad es.

Hay unas escaleras naturales que ascienden desde el sendero del río hasta la parte de arriba. Con cuidado de no resbalar en la piedra mojada, llego hasta arriba, donde de nuevo vuelve a oírse el rugido de los coches y no el murmullo del agua.

Me acerco hacia la puerta del edificio. Daba por hecho que estaria cerrado al ser domingo. De todas formas, hoy en día es una oficina de correos por lo que lo mas probable es que no se pueda visitar. No soy bueno describiendo elementos arquitectónicos, pero espero que las fotos dejen claro que la construcción no pasa en absoluto desapercibida.

Como decíamos anteriormente, Diksmuide aceptó (no se si le ayudaron a aceptar) albergar a los tercios en el siglo XVII, alojando el mayor numero de tropas en 1646.

En ese contexto, era habitual que los oficiales se cobijasen en edificios como el de Diksmuide. La actual sede de Correos no da pie a mucha imaginacion. No obstante, es dificil no acordarse de la obra de Eduardo Marquina, y pensar que por qué no, por aquí pudo pasar algún oficial español, como Diego Acuña de Carvajal, y que acabara quedándose en Flandes, donde se casó con una flamenca.

No era facil ser oficial en los tercios. La inconstancia de las pagas, la lejania de la patria, la bravura del enemigo, la dificultad de controlar a soldados de tantas nacionalidades, la violencia de la guerra, y el odio en ocasiones de las poblaciones locales…no debían ayudar.

Además de los grandes maestres de campo y los generales, los tercios se nutrieron de un amplio contingente de oficiales, en su mayoría de origen castellano, que durante mas de dos siglos dirigieron las tropas de la monarquía en Flandes. Muchos de ellos pasaron por este edificio, y muchos no volvieron.

Un cartel de la oficina de turismo con un par de párrafos lo recuerda en frente de la actual sede de correos. Pienso en dejar escrito algo de Eduardo Marquina, pero no tengo dónde ni con qué. Sin duda, habría sido un buen sitio para recordar la dedicatoria de su obra: «A la memoria de todos los muertos generosos que lejos de la patria España tienen sepulcros de frío y de olvido para renovar en ellos un tributo consciente de honor y piedad escribo este canto.»

Antes de regresar a la estacion de tren, vuelvo a vadear el rio, esta vez por el lado opuesto. Al poco, veo una senal que indica la proximidad del beguinario. Decido entrar a visitarlo, no es muy diferente de los otros que he visto en Bélgica (una pequeña ermita rodeada de casitas blancas que dan a un jardín central), pero me permite callejear un poco mas por la ciudad.

Entre carteles y dibujos conmemorativos de la primera guerra mundial vuelvo al tren. Se está poniendo el sol.

Guillermo Vergara Pérez- Villalobos

Bruselas, febrero 2021

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