¿El Emperador? ¿Qué emperador?

Carlos Quinto (o Primero) y Felipe Quinto. Dos reyes, dos quintos y dos extranjeros: las dos principales dinastías reinantes en España fueron iniciadas por monarcas que no pensaban en español.

Yo, particularmente, cuando pienso en ambas figuras, no puedo evitar acordarme de los futbolistas europeos, que a las dos semanas de llegar a España se ven forzados a dar ruedas de prensa en castellano sin importar el acento o su dominio del idioma. Imagino que algo así debió pasar cuando llegaron el primer Habsburgo y el primer Borbón, aunque ambos traían conocimientos previos.

Pero hoy no voy a hablar de España, ni para bien ni para mal. Hoy voy a hablar, un poquito para mal, de la actual Bélgica. En 1830, mucho después de los Tercios españoles, los iconoclastas, la presencia austríaca, Napoleón y la ocupación holandesa, Bélgica se convirtió en el país que es hoy.

Poco después, en 1835, nació un futuro rey de los Belgas, Leopoldo Segundo. Basta con que escriban su nombre en cualquier buscador de Internet para que se hagan a la idea de quién fue el personaje.

Leopoldo II nació en Bruselas. Tal vez por eso tenga una estatua gigante (literalmente) entre el centro de Bruselas y el Barrio Europeo.

No es mi propósito en este artículo entrar a analizar lo que se hace o se deja de hacer en Bélgica. Pero creo que tengo todo el derecho a comparar lo que se hace con lo que se omite. Como única pullita, dejaré escrito que durante mucho tiempo algunas instituciones belgas han hecho lo mismo con otros. En mi defensa, además aduciré, que yo sólo hablo de historia y nunca de política…o de jueces.

Trescientos treinta y cinco años antes de que naciera Leopoldo II, Bélgica no existía y el Congo no era belga. Pero Flandes sí existía. Entonces, Flandes no tenía reyes, era un condado, y como tal, era gobernado por condes. En 1500, en Gante nació un Conde de Flandes, Carlos Tercero, quien, por diversos avatares, acabó siendo también Rey de España y Emperador del Sacro- Imperio, incluyendo Flandes. Ya sabemos de quién hablamos.

Yo, personalmente, opino que no podemos comparar a Carlos con Leopoldo. Creo que no hay ni punto de comparación en la dimensión histórica de cada personaje. Pero a uno de ellos tiene se le ha dedicado una estatua inmensa. Del otro, aún no he podido encontrar nada de la misma envergadura (por talla o importancia) en todo Flandes; ni siquiera en su ciudad natal, Gante. Aunque tal vez, precisamente por eso no se le recuerda mucho. Nadie es profeta en su tierra, sobre todo si les subes los impuestos. En 1539, los nobles ganteses hicieron un conato de rebelión por la subida de impuestos para sufragar las guerras del Emperador. Es incuestionable la talla histórica de Carlos Quinto, como también que era un monarca absolutísimo. Aún se recuerda en Gante el castigo, del que no se libraron numerosos nobles, consistente en caminar con una soga al cuello y vestidos con una especie de camisón. Al parecer el acontecimiento se sigue recordando cada mes de julio, cuando los habitantes de Gante desfilan con una “soga al cuello”. (Para saber más sobre el siglo XVI en Gante puede leerse uno de mis primeros artículos)

El Emperador nació en el Palacio de los Príncipes, o Prinsenhof. En su día era un gran palacio de un par de hectáreas, donde los condes y su corte llegaron a residir de forma permanente. Pese a contar con trescientas habitaciones, dicen que el Emperador nació en una letrina, al pensar doña Juana que las molestias que sentía eran fruto de un “apretón”. Sin embargo, aparte del nombre de la calle, hoy no queda nada de esta construcción, y tampoco existe algo que recuerde que allí se encontró. Tan solo queda un arco, llamado La Puerta Oscura, o Donkere Poort, que conecta dos pequeñas plazas; desconozco si se encontraban dentro o fuera del palacio.

En mi anterior artículo, presenté la Casa de las Cabezas de Flandes. Partiendo desde allí y continuando por la calle Abrahamstraat se llega a la Prinsenhof, que se encuentra algo apartada del centro. Al acceder a la Plaza, al fondo se verá la Puerta Oscura, que aparece indicada con ese nombre. A la derecha, hay un pequeño recodoentre árboles donde se asienta una estatua del Emperador Carlos, que, en primavera, por su tamaño, podría incluso pasar inadvertida entre las hojas.

La única estatua que he encontrado del soberano que fue Emperador, Conde de Flandes y Rey de España es más pequeña que yo, y, según reza en el pedestal sobre el que se eleva, fue una “donación de la ciudad española de Toledo a su ciudad natal” realizada en 1966.

En mi opinión, si se dispone de tiempo en la visita a Gante, merece la pena acercarse. Carlos no residió mucho tiempo en Gante, pero fue aquí donde Juana de Castilla lo trajo al mundo y, a pesar del escaso recuerdo que se le dedica en su tierra natal, cualquier apasionado de la historia reconocerá la importancia de su figura.

Habitualmente, recomiendo hacer ejercicios imaginativos con mis artículos. La actualidad urbanística y turística de Bélgica no permite hacerse una idea exacta de la época. Habrá que imaginarse que, entre estas casas de apartamentos y plazas con árboles, hubo un palacio y que en febrero de 1500 las campanas de Gante repicaron por el que un día sería rey. Hoy, los siglos XVI y XVII parecen sorprendentemente borrados, al menos en lo que se refiere a los gobernantes de la época.

Tal vez sea porque en aquel entonces España ya existía como construcción nacional y casi con sus fronteras actuales, mientras que el actual Estado belga ni siquiera podía imaginarse. ¿Puede ser esta la razón por la que Leopoldo Segundo se eleva sobre una gran estatua ecuestre en el centro de Bruselas, mientras que Carlos Quinto aparece casi como un oscuro reyezuelo medieval? ¿Es así como quieren recordarlo en su ciudad natal? Contrasta esta impresión con el hecho de que, en la única puerta que se conserva de la antigua residencia palaciega, a la que se dedica el adjetivo de “oscura” (dicen que por la contaminación que en su día había en la ciudad), se encuentran dos placas. Ninguna recuerda que allí estuvo el Palacio o que en él nació Carlos Quinto. Simplemente, queda constancia, con cierto grado de detalle, de que en ese lugar fue ajusticiado en 1540 un grupo de protestantes, y de que, entre 1530 y 1555 el protestantismo decapitó a otro grupo de personas.

Todas las épocas tienen sus luces y sus sombras. Yo no soy historiador y no sé cómo se mensuran ambas. Pero, en mi opinión, ocultar las luces para realzar las sombras es igual de irresponsable que hacer lo contrario. Por ello, hay que recordar que, en Gante, independientemente del tamaño de las estatuas que se le dediquen, nació una de las figuras más importantes de la Historia de Europa, tal vez incluso podría considerarse precursor de la actual Unión Europea.

Como en Flandes no parecen recordarlo y para evitar confusiones, imagino que al Emperador no le importará que, a partir de ahora, en mis artículos, siempre me refiera a él únicamente como Carlos Primero.

Este artículo se ha inspirado en la ruta realizada por Antonio Bermejo Herrero, cuya experiencia la recogió en el libro «Recuerdos españoles en Flandes».

Bruselas, 22 de mayo de 2021

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